Harari: el imperialismo de la IA y 3 caminos para Europa

Construir una IA británica propia costaría del orden de 500.000 millones de libras, según la cifra orientativa que maneja Yuval Noah Harari. El historiador lo planteó en la entrevista que le hizo el diplomático Rory Stewart en el podcast The Rest Is Politics, y la usó para mostrar un dilema que no es solo de países: quién controla la infraestructura de IA define quién toma las decisiones.

Para un founder, la pregunta aterriza rápido. Si mañana tu proveedor de modelos cambia precios, bloquea una región o cierra el acceso a una API de la que depende tu producto, ¿cuánto de tu negocio queda intacto?

Qué es el "imperialismo de la IA" que describe Harari

Harari llama "imperialismo de la IA" a una dependencia tecnológica que puede convertirse en subordinación política. Su advertencia es concreta: si otro Estado puede apagar los sistemas indispensables de tu país, tanto en defensa como en economía, tu libertad de decisión queda condicionada.

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Para explicar por qué esto se subestima, el historiador vuelve al inicio de la pandemia. Como historiador, viendo las imágenes de Wuhan paralizada, comprendía que podía estar empezando una crisis mundial; emocionalmente se resistía: le parecía que aquello no podía llegar hasta él. Describe una barrera entre la cabeza y el estómago: la razón reconoce el peligro, la intuición lo rechaza por no haber vivido nunca algo semejante. Con la IA, teme que estemos repitiendo esa misma reacción.

Su comparación histórica es la de Moctezuma frente a Hernán Cortés. Los aztecas no comprendieron a tiempo la naturaleza de los invasores españoles, sus tecnologías ni las enfermedades que traían. Una amenaza que parecía ajena a su mundo terminó destruyéndolos, a pesar de que sus fuerzas superaban ampliamente a las de los colonizadores.

La moraleja que Harari deja para los políticos es directa: frente a algo desconocido, seguir discutiendo con las categorías habituales puede impedir reconocer lo que está en juego antes de que sea demasiado tarde.

Las tres opciones que Harari le plantea al Reino Unido

En la conversación, el historiador ordena el problema en tres caminos posibles:

  • Aceptar la dependencia estadounidense. Continuar como hasta ahora y asumir un lugar subordinado. Lo ilustra con un ejemplo provocativo: exigencias hipotéticas sobre Groenlandia o las Malvinas, donde Londres podría verse obligado a acompañar decisiones estadounidenses contrarias a sus propios intereses.
  • Construir una IA británica propia. Implicaría un esfuerzo del orden de 500.000 millones de libras, que exigiría recortes en salud, educación, asistencia social y transporte. Difícilmente viable.
  • Compartir el esfuerzo con Europa. Repartir la inversión entre países permitiría afrontar el desafío con mayor escala, pero requeriría una integración europea mucho más profunda y el regreso del Reino Unido a la Unión Europea.

Harari sostiene que Europa todavía puede actuar unida, y advierte que regular sin desarrollar capacidades propias no alcanza. Stewart suma una cuarta vía: modelos abiertos, datos propios e infraestructura bajo control europeo. Harari la reconoce como factible, aunque señala que sería más orientada hacia China.

Por qué la IA como agente cambia la lógica del problema

La diferencia de fondo con la revolución industrial, según Harari, es que la IA puede funcionar como agente: recibir objetivos, tomar decisiones e inventar soluciones. Una herramienta espera que alguien la utilice; un agente puede buscar por su cuenta cómo cumplir una tarea.

Eso abre escenarios que antes pertenecían a la ciencia ficción. Harari plantea el riesgo de que una organización terrorista encargue a una IA desarrollar un arma biológica: el punto no es la anécdota, sino que capacidades avanzadas queden al servicio de objetivos destructivos.

La velocidad agrava el desafío. Stewart describe la expectativa empresarial de disponer de millones de equivalentes de ingenieros trabajando de forma permanente. Los sistemas automatizados no necesitan descanso ni vacaciones: pueden seguir procesando y ejecutando tareas las 24 horas. Harari añade un riesgo adicional: que una IA desarrolle generaciones posteriores de IA, acelerando todavía más un proceso que los humanos ya no alcanzan a seguir con sus propios tiempos.

Europa ya está jugando esta partida, y no le sobra tiempo

El diagnóstico de Harari no es hipotético. Bloomberg reportó en junio de 2026 que el plan de la Unión Europea de 20.000 millones de euros para cinco grandes centros de datos de IA está trabado por retrasos y problemas de financiación: los fondos están asignados en dos fases, con desembolsos previstos para 2028 y 2030, y solo un máximo de dos de las cinco instalaciones podría recibir dinero antes del nuevo presupuesto comunitario. Cada gigafactoría está pensada para operar con alrededor de 1 gigavatio de capacidad.

Según el análisis de STL Partners, cada una de esas instalaciones debería contar con más de 100.000 procesadores avanzados por sitio, dentro de la iniciativa InvestAI, anunciada en la cumbre de IA de París en febrero de 2025, que busca movilizar 200.000 millones de euros en inversión en IA en el bloque. La convocatoria informal atrajo 76 manifestaciones de interés por más de 230.000 millones de euros propuestos. En paralelo, la inversión privada avanza más rápido que la pública: SoftBank anunció hasta 75.000 millones de euros para centros de datos en Francia, y en Noruega el proyecto Stargate, con OpenAI, Nscale y Aker, arranca con 100.000 GPU y una fase inicial de 1.000 millones de dólares.

La dependencia tampoco es solo europea. Joe Tsai, presidente del consejo de Alibaba, dijo en la conferencia Wave by Vento en Turín, el miércoles 7 de octubre, que "ningún país querría confiar totalmente en la tecnología de otro país: si hay un cambio de gobierno, un cambio de circunstancias, pueden simplemente cortarte la tecnología". Según la información publicada por DiarioBitcoin, AWS, Microsoft Azure y Google Cloud reúnen más del 70% del mercado de nube de la UE, y la Comisión Europea ya adoptó una propuesta de Ley de Desarrollo de la Nube y la IA con cuatro niveles de garantía de soberanía.

Aidan Gomez, CEO de Cohere, lo resume en tres capas de control, según su entrevista con CNBC International: saber dónde residen tus datos, controlar la infraestructura en la que corre el sistema y garantizar que el proveedor no pueda apagarlo de un día para otro. Emilio Gayo, consejero delegado de Telefónica, puso el matiz práctico en el Congreso Nacional de la Empresa Familiar: "soberanía tecnológica no es autarquía, no se trata de que tengamos que hacerlo todo nosotros al 100%".

¿Qué significa esto para tu startup?

La soberanía de la IA parece un tema de cancillerías, pero se decide también en las decisiones de compra de cualquier empresa. Estas son las acciones que puedes tomar esta semana:

  • Mapea tus dependencias reales. Haz una lista de cada modelo, nube y API que tu producto necesita para funcionar. Para cada uno, responde: ¿qué pasa si sube el precio un 40%, si cambian los términos o si me cortan el acceso en mi país? Si no tienes respuesta, ese es tu riesgo principal.
  • Diversifica y evalúa modelos abiertos. Como plantea Gomez, no se trata de prescindir de todos los proveedores, sino de no depender de uno solo. Un modelo abierto desplegado en infraestructura propia o en una nube privada puede darte un costo fijo conocido en lugar de picos de gasto por uso, y te da margen de negociación.
  • Blinda el contrato, no solo la arquitectura. Cláusulas de portabilidad, definición de dónde residen los datos, prohibición de entrenar con tu información y un plan de salida documentado. La migración se negocia antes de necesitarla.
  • Piensa en escala regional. La lógica que Harari aplica a Europa sirve igual en LATAM: ningún mercado hispanohablante por separado financia infraestructura de frontera, pero la integración regional sí cambia la ecuación. Si tu producto puede compartir cómputo, datos o distribución con aliados de la región, esa alianza vale más que un descuento del proveedor.

Conclusión

Harari identifica dos peligros distintos que conviene no mezclar: que los países pierdan autonomía frente a las potencias tecnológicas y que los seres humanos pierdan la capacidad de comprender y controlar los sistemas que ellos mismos crearon.

La conclusión operativa es incómoda pero útil: la incertidumbre exige preparación, no pronósticos. Los gobiernos tienen que entender la transformación y decidir mientras todavía exista margen. Las empresas, exactamente lo mismo, pero con plazos más cortos y sin la opción de esperar a que se cierre el debate regulatorio. Revisar de quién dependes hoy es la forma más barata de no descubrirlo cuando ya sea tarde.

Fuentes

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