El diagnóstico: la ira como producto
El 21 de octubre de 2026, en la State Library Victoria de Melbourne, el ministro asistente de Productividad, Competencia, Obras de Caridad y Tesoro de Australia, Andrew Leigh, pronunció la Joan Kirner Social Justice Oration. Su tesis: las redes sociales convirtieron la indignación en un modelo de negocio, y ese modelo ya tiene consecuencias medibles.
Los números que citó son difíciles de ignorar. La Policía Federal Australiana recibe alrededor de mil denuncias de amenazas contra políticos federales por año. Nueve de cada diez mujeres que se postulan a un cargo dicen haber sufrido abuso o intimidación online. Y un estudio sobre discursos del Congreso de Estados Unidos encontró que la ira está en su nivel más alto en 150 años.
El discurso llegó días después del ataque contra la diputada Helen Haines en Wangaratta, que según los primeros informes fue deliberado y con motivación política.
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¿Cómo se convirtió la indignación en un modelo de negocio?
Leigh reconstruye la secuencia con precisión. En los primeros años, los feeds eran cronológicos: veías lo que publicaban tus amigos. Después las plataformas descubrieron que podían aumentar el tiempo de visualización —y con él la publicidad— seleccionando ese contenido con un algoritmo entrenado en cómo reaccionan otras personas.
El salto siguiente fue salir de la red de amigos. El lanzamiento de TikTok en 2017 empujó a sus rivales a adoptar feeds de videos recomendados. En 2020 Instagram lanzó Reels; en 2022 el Home de Facebook pasó a ser un motor de recomendación y los posts de contactos se movieron a una pestaña aparte; en 2023 Twitter hizo de "For You" el feed por defecto.
El resultado, según las cifras que Meta presentó y que Leigh citó: en 2025 solo el 7% del tiempo en Instagram se dedicaba a ver contenido de amigos. "Seguimos llamándolo redes sociales, pero el nombre ya no encaja", dijo.
Y el contenido que premia ese feed tiene un sesgo claro. Un estudio sobre más de 563.000 tuits políticos encontró que cada palabra con carga moral y emocional adicional se asociaba con cerca de 20% más de compartidos. Otro, sobre más de 2 millones de publicaciones en Facebook y Twitter, halló que cada palabra adicional que menciona al grupo político opuesto aumentaba las probabilidades de compartir en 67%.
La escala también importa: en 2013 se subían alrededor de un millón de videos diarios a YouTube; hoy son más de 20 millones. Un algoritmo programado para mostrar lo más escandaloso tiene veinte veces más material con el que trabajar.
No es una teoría conspirativa. Una presentación interna de Facebook advertía que "nuestros algoritmos explotan la atracción del cerebro humano por la división", y la denunciante Frances Haugen declaró ante el Parlamento británico que "la ira y el odio son la forma más fácil de crecer en Facebook". El diccionario Oxford eligió "rage-bait" como su palabra del año más reciente.
¿Qué le hace la ira algorítmica a las personas?
Acá es donde el discurso deja de ser una crítica cultural y se vuelve un problema de producto. Leigh cita una encuesta de More in Common que muestra una relación dosis-respuesta: entre quienes usan redes sociales menos de media hora al día, 6% cree que la violencia política a veces se justifica; sube a 10% entre quienes usan entre una y dos horas, y a 22% entre quienes pasan más de cinco horas.
Un experimento aleatorizado durante las últimas elecciones de Estados Unidos alteró el ranking de posts de X con hostilidad partidista y actitudes antidemocráticas. Ver más de ese contenido hizo que la gente sintiera más rechazo hacia sus oponentes políticos, sin diferencias detectables entre demócratas y republicanos.
El patrón se repite en las relaciones entre géneros. Una encuesta de este año a más de 3.000 australianos preguntó si el feminismo debería resistirse con violencia: entre los hombres de la Generación Z, 23% dijo que sí, la proporción más alta de cualquier cohorte. Los hombres boomer tenían la mitad de esa opinión. En Alemania, la proporción de hombres jóvenes que cree que "el lugar de la mujer está en la casa" pasó de 5% a 22% en cinco años. En Reino Unido, la de jóvenes que piensa que las mujeres son igual de capaces como líderes cayó de 80% a 50%.
Un experimento con cuentas de TikTok modeladas sobre adolescentes varones que buscan videos de soledad y superación encontró que, en cinco días, la proporción de videos misóginos en su feed pasó de 13% a 56%. Cinco días.
¿Qué está haciendo Australia y qué viene para el resto del mundo?
Australia ya es el laboratorio regulatorio más agresivo del mundo democrático, y los resultados son desparejos. Su ley de edad mínima entró en vigencia en diciembre de 2025 y obliga a las plataformas a tomar "medidas razonables" para que los menores de 16 no tengan cuenta. Pero un estudio de la Universidad de Newcastle publicado en el British Medical Journal siguió a 408 adolescentes y encontró que, tres meses después, más del 85% de los menores de 16 seguía usando las plataformas alcanzadas. Dos tercios ni siquiera se topó con una verificación de edad sofisticada: lo más común era que se les preguntara la edad, según The Conversation.
La respuesta oficial fue subir la apuesta. El gobierno duplicó las multas máximas, de A$49,5 millones a A$99 millones, y amplió los poderes de la eSafety Commissioner para exigir documentos a las plataformas y a terceros que proveen tecnología de verificación de edad, según ABC News. Hoy hay cinco plataformas bajo investigación por posible incumplimiento.
El movimiento más relevante para quien construye producto es otro. En septiembre de 2026 el gobierno publicó el borrador de la Digital Duty of Care, con un mecanismo llamado "My Feed, My Way": las plataformas deberán preguntarle al usuario, de forma recurrente, si quiere un feed algorítmico o uno cronológico con solo las cuentas que sigue. Las multas por incumplir superan los A$100 millones, y el borrador también habilitaría a la eSafety Commissioner y a investigadores acreditados a monitorear plataformas con cuentas encubiertas que simulan ser menores.
No es un experimento aislado. La Digital Services Act europea ya exige desde 2023 que las plataformas más grandes ofrezcan al menos una opción de recomendación no basada en perfilado. La diferencia —como señaló The Next Web— es que la DSA no obliga a nadie a mostrarla, y la adopción de los feeds cronológicos fue modesta. El borrador australiano pone la elección delante del usuario de forma repetida. Y Reino Unido ya anunció planes para su propia prohibición a menores de 16.
¿Qué significa esto para tu startup?
Tres cosas concretas.
Primero, audita de dónde viene tu engagement. Si una parte relevante de tus impresiones o de tu retención depende de contenido recomendado a usuarios que no siguen a quien lo publica, ya estás dentro del perímetro que la regulación empieza a tocar. La pregunta operativa es simple: ¿puedes mostrar hoy qué porcentaje de tus impresiones viene de recomendación versus de cuentas seguidas? Si no puedes, ese es el primer tablero que hay que construir.
Segundo, diseña el interruptor antes de que te lo exijan. El borrador australiano convierte "feed algorítmico o feed de seguidos" en una opción de producto obligatoria. Construir ese toggle —y medir qué pasa con tu retención cuando alguien lo activa— es más barato ahora que bajo presión regulatoria. Si operas en Europa, la DSA ya te obliga a ofrecer una opción no basada en perfilado.
Tercero, cambia la métrica que optimizas. El argumento central de Leigh es que el feed de indignación es un juego de suma cero: otro gana, yo pierdo. Los productos que sobrevivan a la próxima ola regulatoria van a necesitar métricas que capturen valor de suma positiva —retorno voluntario, tiempo bien invertido, conexiones repetidas— y no solo minutos de sesión.
Y una cuarta, más personal: los experimentos que Leigh cita son un recordatorio incómodo para quien funda. Un experimento danés con 1.095 personas que dejaron Facebook por una semana reportó mayor satisfacción con la vida. Un ensayo estadounidense de cuatro semanas de desactivación encontró más tiempo socializando con familiares y amigos y menor polarización política. Y un experimento que bloqueó el internet móvil durante dos semanas mejoró atención y bienestar, pero solo uno de cada cuatro participantes mantuvo el bloqueo hasta el final. La lección no es "apaga el teléfono": es que la fuerza de voluntad sola no alcanza. Hace falta diseño —un bloqueo acordado con alguien más, un horario fijo, un compromiso social— igual que hace falta diseño de producto para que la opción sana sea la opción fácil.
Conclusión
El discurso de Leigh no es una condena de la tecnología. Es una descripción del incentivo. Durante quince años, el camino más corto al engagement fue la indignación, y el mercado premió a quien lo recorrió más rápido. Ese camino ahora tiene un costo: amenazas a legisladores, polarización medible y un regulador australiano dispuesto a multar con cifras de nueve dígitos.
Para un founder, la lectura útil es que la ventana de "crecer primero, regular después" se está cerrando. Quien construya hoy un producto cuya retención dependa de la ira va a pagar la adaptación más tarde y más caro. Quien construya uno que pueda explicar por qué su feed es bueno para el usuario —y pueda demostrarlo con datos— va a tener una ventaja regulatoria y de marca difícil de copiar.
Fuentes
- The Anger Machine (Joan Kirner Social Justice Oration 2026) (fuente original)
- Labor unveils new powers, penalties to strengthen social media ban for under-16s - ABC News
- Australia's social media ban has an enforcement problem. These new laws aim to fix it - The Conversation
- Labor proposes social media algorithm choice under new digital duty of care - ABC News
- Australia will make platforms prompt users to switch off algorithmic feeds - The Next Web
- Australia propone una ley para poder desactivar los algoritmos de las redes sociales - Infobae
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