ChatGPT reproduce firmas de caricaturistas del New Yorker

La caricatura viral que abrió el caso

A finales de agosto, una caricatura estilo New Yorker se volvió viral en Twitter tras las muertes de Dolly Parton y Tim Curry: en ella, la cantante, con un vestido brillante, aparece del brazo del actor disfrazado del Dr. Frank-N-Furter frente a la puerta del cielo. Una de las publicaciones superó los 25.000 «me gusta» y la imagen circuló también en Facebook, Instagram y Bluesky.

En la esquina inferior derecha de la caricatura aparecía la firma BLOPER, el seudónimo del caricaturista Brendan Loper, colaborador de la revista. Pero Loper no la dibujó ni la firmó. Fue generada por ChatGPT a partir del prompt «una caricatura estilo New Yorker», según explicó la autora del post original, una fan de Parton en Facebook.

«Me escribieron para preguntarme si era mía», contó Loper a Nieman Lab. Primero fue un mensaje de su hermano gemelo; después llegaron correos y mensajes directos de desconocidos. «Fue muy surreal», dijo.

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No fue un caso aislado: más de 15 caricaturistas afectados

No es la primera vez que ChatGPT reproduce la firma de Loper. En mayo, un desconocido le advirtió por Instagram de que su seudónimo había aparecido en una imagen del chatbot. Durante el verano, Loper encontró más ejemplos en un foro de Reddit sobre ChatGPT, donde usuarios compartían caricaturas similares firmadas con nombres de colaboradores reales de la revista.

La investigación de Nieman Lab documentó más de 15 caricaturistas del New Yorker cuyas firmas han sido reproducidas por el generador de imágenes de OpenAI sin permiso ni compensación. Entre ellos están Harry Bliss, Emily Flake, Joe Dator, Pat Byrnes, Peter Vey, Jason Adam Katzenstein, George Booth, Liza Donnelly, Ellis Rosen, Saul Steinberg e incluso el fallecido Warren Miller, que publicó en la revista en los años sesenta.

«Veo el ADN de mi trabajo ahí, pero no parece algo que yo haya dibujado», dijo Emily Flake, colaboradora desde 2008. Varias caricaturas firmadas con su seudónimo e. flake están publicadas en esos foros. «Es como ver a un primo lejano.»

El caso se vuelve más delicado con Pat Byrnes, que publica en la revista desde 1998. Su seudónimo P.Byrnes —siempre con un punto al final, «como firmar una carta»— aparece idéntico en todas las caricaturas que ChatGPT genera con su nombre.

¿Cómo aprendió ChatGPT esas firmas?

En 2024, Condé Nast —matriz de The New Yorker— firmó un acuerdo de licenciamiento multianual con OpenAI que permite a la empresa usar gran parte del contenido del editor en sus productos. Los términos no son públicos, pero un portavoz de The New Yorker aseguró a Nieman Lab que Condé Nast nunca ha dado permiso a un desarrollador de modelos de lenguaje para entrenar con sus caricaturas. Algunas imágenes generadas incluso reproducen el logo de la revista, algo que tampoco está permitido en los acuerdos con desarrolladores de IA.

OpenAI declinó responder a las preguntas de Nieman Lab sobre cómo sus modelos podrían haber ingerido las firmas durante el entrenamiento. Una vía posible es el scraping desde internet: documentos judiciales divulgados en septiembre en el caso New York Times v. OpenAI muestran que la empresa sorteó consciente los muros de pago de editores durante el desarrollo de ChatGPT. Según reportó TechCrunch, en una deposición el ingeniero de privacidad de OpenAI Vinnie Monaco reconoció que la compañía había realizado búsquedas internas en su corpus de entrenamiento para localizar obras con derechos de autor. En memos internos de Microsoft no censurados, el producto se describe como uno que «destruye su cadena de suministro» y los datos scrapeados como «el mayor robo de trabajo de la historia humana».

En otro memo, Jack Clark, entonces director de políticas de OpenAI (y hoy cofundador de Anthropic), escribió: «[N]uestro trabajo en IA y Creatividad va a llevarnos cada vez más a crear sistemas que sustituyen el trabajo de las personas que definen la ‘cultura’ de la sociedad».

Cuando Nieman Lab notificó a OpenAI del problema, ChatGPT empezó a mostrar el mensaje «Este prompt puede violar nuestras barreras respecto a contenido de terceros» cuando se le pedía una caricatura estilo New Yorker. Sin embargo, al cierre de la nota, el chatbot seguía firmando algunas caricaturas genéricas con nombres reales de caricaturistas de la revista.

El precedente Anthropic: US$1.500M y la línea entre entrenar y robar

El caso llega en un momento clave para la jurisprudencia. En julio, según reportó Reuters, una jueza federal de California aprobó el acuerdo de US$1.500 millones entre Anthropic y un grupo de autores y editores que acusaban a la empresa de usar copias pirateadas de sus libros para entrenar a Claude. La sentencia, según Reuters, es el mayor acuerdo en la historia del derecho de autor en EE. UU. y cubre más de 482.000 obras, con aproximadamente US$3.000 por título.

El caso Bartz v. Anthropic dejó una distinción que ahora pesa sobre OpenAI: el juez William Alsup dictó en junio de 2025 que entrenar IA con libros comprados legalmente puede considerarse fair use, pero descargar y mantener copias pirateadas —Anthropic llegó a tener más de 7 millones de libros en una «biblioteca central»— no lo es. Anthropic también está obligada a borrar los archivos piratas descargados.

«Cómo obtienen los datos de entrenamiento importa tanto como cómo los usan», resume la cobertura de eWeek sobre el fallo. La pregunta que ahora se desplazó a la adquisición de los datos —y no al entrenamiento en sí— es el centro de los casos pendientes contra OpenAI, Meta y Google, y de la demanda de Disney y Universal contra Midjourney.

¿Qué pueden hacer legalmente los caricaturistas?

La vía del copyright clásico es difícil. «La atribución es una parte muy pequeña del análisis de fair use«, explica James Grimmelmann, profesor de derecho digital en Cornell Law School, en Nieman Lab. El problema legal central es que ChatGPT no suele reproducir una caricatura específica; imita un estilo general.

La opción más viable, según Grimmelmann, es una demanda por right of publicity, un cuerpo de derecho estatal que protege contra el uso no autorizado del nombre o la identidad. Para prosperar, las caricaturas deberían haberse usado con fines comerciales, no solo como chistes.

Joe Dator, colaborador de la revista durante 20 años, lo resume con una metáfora que condensa la frustración del sector: «Me han hackeado la tarjeta de crédito. Eso se siente como una violación menor que esto. Cuando hackearon mi tarjeta, no se vistieron como yo».

El impacto en las redacciones: de The Baltimore Sun a The New Yorker

Las firmas reproducidas no son un daño solo teórico para el oficio. En 2025, The Baltimore Sun despidió a Kevin Kallaugher, finalista del Pulitzer que publicó caricaturas editoriales en el periódico durante más de 30 años, y empezó a publicar caricaturas generadas con IA en su sección de opinión. Una revisión con la herramienta de identificación de marcas de agua de OpenAI confirmó que las ilustraciones se habían creado con productos de la empresa.

La Asociación de Caricaturistas Editoriales de EE. UU., en una carta abierta publicada en septiembre, condenó «el uso de la IA por su robo a los artistas, su uso indebido de los recursos del planeta y su amenaza al pensamiento creativo original».

The New Yorker, por ahora, no ha dado el mismo paso. Pero todos los caricaturistas consultados por Nieman Lab coincidieron en algo: una caricatura en la revista no se paga sola; es una carta de presentación que abre puertas a libros, ilustraciones comerciales y otros encargos. Es ese trabajo secundario —y no la caricatura en sí— lo que la IA generativa está empezando a erosionar.

¿Qué significa esto para tu startup?

Si tu producto usa o planea usar modelos generativos de texto, imagen o audio, este caso es una señal operativa que conviene leer en dos niveles.

Riesgo legal real, no teórico. El caso Anthropic cerró con US$1.500M y borrado de archivos. El caso New York Times v. OpenAI sigue vivo, y la línea que dejó el juez Alsup es clara: entrenar con datos comprados puede ser fair use; descargar contenido pirateado no. Auditar la procedencia de los datos con los que entrenas o ajustas tu modelo ya no es opcional.

Tu marca vale más que la tecnología que la sostiene. «El nombre es mi nombre. Sentí que era una violación de mi persona», dijo Loper. Para una startup, el equivalente es directo: si tu modelo firma, cita o produce contenido atribuido a terceros, el daño reputacional puede llegar antes que cualquier sanción. Tres acciones concretas:

  • Implementa filtros de atribución: si tu producto genera texto, código o imágenes, añade una capa que detecte y bloquee firmas, marcas o nombres propios de terceros antes de devolver el output.
  • Documenta la procedencia de los datos de entrenamiento. No basta con un «los datos son públicos»: si dependes de un proveedor de modelo, exige evidencia contractual de cómo obtuvo sus datos.
  • Prepara un protocolo de respuesta. OpenAI fue notificado por un periodista y reaccionó en horas. Si un caso similar cae sobre tu producto, necesitas un canal público de respuesta y un formulario de takedown antes del primer incidente.

Fuentes

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