Por Maximiliano Santa Cruz, Ex director de INAPI y socio fundador de Santa Cruz IP, especialista en propiedad intelectual y estrategia de protección de activos en startups.
Hace más de cincuenta años, en Estados Unidos, ocurrió algo que hoy suena casi ingenuo. Una empresa contrató un avión para sobrevolar una planta en construcción de DuPont —la conocida empresa del sector químico e industrial— y fotografiarla desde el aire. No hubo hackeo, ni infiltración, ni espionaje sofisticado. Solo una cámara y una buena vista.
DuPont demandó. Y ganó.
El tribunal entendió que, aunque lo que se fotografiaba no estaba cubierto por una patente ni bajo llave, sí formaba parte de un proceso valioso que la empresa estaba desarrollando y que razonablemente buscaba mantener en secreto. Bastó eso para que se configurara una apropiación indebida de secretos comerciales.
Ese caso, que suele citarse como un clásico, tiene una virtud: nos recuerda que el valor de una empresa no siempre está en lo que se ve o en lo que está registrado. Muchas veces está en lo que no es evidente. En lo que no está publicado. En lo que, justamente, se mantiene en reserva.
Durante mucho tiempo, los secretos comerciales se asociaron a fórmulas químicas, procesos industriales o recetas —la imagen típica es la de la Coca-Cola bajo siete llaves—. Pero esa visión ya quedó corta. Hoy, en la práctica, cualquier empresa —y especialmente una startup— vive rodeada de información que cumple exactamente esa función: generar ventajas porque otros no la tienen.
El problema es que la mayoría no lo ve así.
Cuando uno le pregunta a un founder si tiene secretos comerciales, la respuesta suele ser negativa o, al menos, dubitativa. Y, sin embargo, basta mirar con un poco más de atención para encontrarlos por todas partes: en cómo se estructura el producto o servicio, en los datos que se han ido acumulando, en la forma de adquirir clientes, en la lógica detrás de los precios, en decisiones que no aparecen en ningún pitch deck pero que explican por qué el negocio funciona.
En empresas intensivas en tecnología —y particularmente en aquellas que usan inteligencia artificial— esto es todavía más evidente. Muchas veces no hay patentes. A veces tampoco hay derechos de autor claros. Pero sí hay algo mucho más difícil de replicar: la combinación específica de datos, ajustes, procesos y decisiones que hacen que el sistema funcione mejor que el del resto.
Y eso, en la práctica, es un secreto comercial.
Ahora bien, hay algo incómodo en esto: el derecho no protege los secretos por el solo hecho de existir. Los protege solo si la empresa se comporta como si fueran secretos. Y eso, llegado el caso, es exactamente lo que va a mirar un juez.
No basta con decir “esto era confidencial”. Hay que poder demostrar que se tomaron resguardos razonables: contratos, accesos restringidos, políticas internas, cuidado en el uso de herramientas externas, entre otros. Sin eso, el secreto deja de ser jurídicamente defendible.
Y hay otro límite que muchas veces se pasa por alto: el secreto comercial no protege contra que un tercero llegue a la misma información por medios legítimos. Si alguien lo desarrolla por su cuenta, lo descubre, o lo obtiene sin violar deberes de confidencialidad, no hay infracción. Por eso, precisamente, el estándar no es el secreto absoluto, sino el esfuerzo razonable por mantenerlo como tal.
Aquí es donde muchas startups cometen un error bastante común, pues confunden cercanía con protección. Equipos pequeños, confianza alta, urgencia por avanzar. Todo eso es natural. Pero también hace que ciertas precauciones básicas se vean como innecesarias o incluso incómodas. Hasta que dejan de serlo.
Los problemas rara vez aparecen cuando todo está alineado. Como abogado de propiedad intelectual, sé que los casos aparecen cuando alguien se va, cuando cambian los incentivos, cuando entra un competidor o cuando el proyecto empieza a tener éxito. En ese momento, lo que antes era “obvio” o “de todos” pasa a ser objeto de disputa. Y si no hay una estructura mínima detrás, la posición de la empresa suele ser débil.
En los últimos años, además, se ha abierto un frente nuevo. El uso masivo de herramientas de inteligencia artificial ha hecho que mucha información sensible circule con una facilidad inédita: datos que se suben a plataformas externas, prompts que contienen lógica de negocio, integraciones con terceros que terminan siendo más profundas de lo que se pensaba.
Nada de esto es necesariamente problemático, pero sí exige un mínimo de diseño y cuidado.
Porque proteger secretos comerciales no es encerrarse ni volverse paranoico. Es, más bien, tomar algunas decisiones básicas a tiempo: saber qué información realmente importa, definir quién puede acceder a ella, asegurarse de que los contratos dicen lo que tienen que decir y, sobre todo, actuar de manera consistente con la idea de que lo que hace la empresa —por más pequeña o joven que sea— tiene valor.
Y hay un último punto que empieza a volverse crítico: no solo se trata de proteger lo propio, sino también de no apropiarse indebidamente de lo ajeno. En Chile, con la nueva Ley de Delitos Económicos, ciertas conductas relacionadas con la obtención o uso indebido de secretos empresariales pueden tener consecuencias penales. Es decir, ya no es solo un problema civil o competitivo. Puede ser un problema personal para quienes toman esas decisiones.
Lo interesante es que, cuando esto se hace bien, empieza a pasar algo relevante: aquello que antes era difuso —“cómo hacemos las cosas”— empieza a convertirse en un activo identificable. Algo que se puede explicar, ordenar y, eventualmente, defender. Incluso valorizar.
Y esto es clave pues cada vez es más común que inversionistas, compradores o socios estratégicos miren este tipo de aspectos. No solo qué tiene la empresa, sino cómo lo protege. Porque en muchos casos, ahí está la verdadera barrera de entrada.
Los secretos comerciales tienen algo contraintuitivo pues no se ven, no se registran y no se anuncian. Pero suelen estar en el corazón del negocio.
La pregunta, entonces, no es si tu startup tiene secretos comerciales, sino si llegado el momento, podrías demostrar que actuaste como si realmente lo fueran.
Y eso —más que un tema legal— es una decisión estratégica. Una que, bien tomada, suele marcar diferencias profundas. En nuestra experiencia, no se trata de grandes estructuras ni de complejidad innecesaria, sino de decisiones oportunas y bien diseñadas que convierten lo invisible en una ventaja real.









