Un cañón de gas para reemplazar la primera etapa del cohete
Longshot Space Technology levantó unos US$20 millones de inversores de venture capital para lanzar carga al espacio desde un cañón, no desde un cohete. La startup, con base en Alameda, California, sostiene que puede llegar a un costo de US$50 por kilogramo lanzado, mientras que la industria de data centers orbitales necesita que el precio baje hasta alrededor de US$300 por kilogramo para despegar, según TechCrunch.
Para cualquier fundador de deep tech, el dato interesante no es el cañón en sí: es el camino que la compañía eligió para financiarlo antes de tener el producto final.
¿Cómo funciona el cañón de Longshot?
Los cofundadores, el CEO Mike Grace y el CTO Nato Saichek, no inventaron una tecnología nueva. Tomaron el diseño de los cañones de multi-inyección, desarrollados para la Segunda Guerra Mundial y en programas de investigación de los años 60, y los aplicaron al problema del lanzamiento espacial.
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👥 Probar 7 díasLa idea es convertir todo el trabajo que hace la primera etapa de un cohete en un acelerador reutilizable en tierra. Imagina un tubo de acero montado en horizontal, con tanques de gas a alta presión conectados en puertos a lo largo de su longitud. Cuando el proyectil avanza por el barril, los tanques disparan en momentos precisos y le dan impulsos adicionales que lo aceleran. Longshot ya alcanza Mach 4, y su proyectil es un lifting body: su forma genera sustentación, así que gana altitud por aerodinámica al salir del barril, sin necesidad de apuntar hacia arriba.
Grace resume la filosofía de la empresa con una frase que sirve para cualquier equipo construyendo hardware: "puedes construir algo con mucha novedad, o puedes hacer algo realmente difícil. No puedes hacer las dos cosas". Su referencia es SpaceX, que según él "tomó tecnología clásicamente desriesgada y la escaló agresivamente".
De un cañón de 70 pies a uno de 3.000 pies
La hoja de ruta es escalonada y verificable. Hoy Longshot dispara un cañón de 70 pies de largo y 6 pulgadas de diámetro en su sitio de pruebas cerca de Barstow, California, y afirma que puede acelerar proyectiles a velocidades casi hipersónicas.
El siguiente paso es un cañón de 140 pies y 30 pulgadas de diámetro en su sitio de Alameda. Después viene la pieza grande: un cañón de 30 pulgadas de diámetro y 328 pies, con planes de extenderlo hasta unos 3.000 pies, lo que lo convertiría en el cañón más grande del planeta. Según el equipo, podrá lanzar cargas de 220 libras a Mach 8.
El objetivo final es más ambicioso: acelerar cargas hasta 5 kilómetros por segundo (más de 11.000 mph), suficiente para llegar al espacio si la carga lleva su propio sistema de propulsión, es decir, si funciona como segunda etapa. Pero eso requeriría un cañón de 10 kilómetros de largo y casi 10 pies de diámetro, y ahí aparece el cuello de botella real. "Lo difícil no es construir la cosa, es encontrar un lugar donde te dejen construirla", bromea Saichek.
El negocio que paga las cuentas: pruebas hipersónicas para el ejército
Nada de esto es barato, y aquí está la parte que más vale la pena estudiar del modelo. Mientras sigue validando su tecnología, Longshot genera ingresos haciendo pruebas hipersónicas para el ejército de Estados Unidos, que ya le adjudicó varios contratos.
La comparación que usa Grace es directa: si quieres practicar cómo derribar un misil hipersónico chino o ruso, ¿no sería mejor no pagar US$30 millones por cada intento? Longshot propone hacerlo por medio millón o un cuarto de millón de dólares, con lo que él describe como "pichones de arcilla hipersónicos": lanzar y derribar, rápido y barato.
Ese mercado de pruebas hipersónicas ya tiene jugadores. Según Yahoo Finance, Rocket Lab empujó su programa HASTE (Hypersonic Accelerator Suborbital Test Electron) para ofrecer capacidades de prueba suborbital a clientes de defensa, mientras que Kratos, con su sistema Erinyes, y Lockheed Martin también desarrollan vehículos hipersónicos. La diferencia es que esos sistemas son cohetes; Longshot vende reutilización con un costo marginal mucho más bajo por disparo.
Grace imagina instalar uno de sus cañones en una base militar como Fort Bliss, donde formaría parte de la infraestructura para probar la próxima generación de interceptores estadounidenses.
El antecedente: SpinLaunch ya demostró que la física no era el problema
Disparar cosas al espacio desde el suelo no es una idea nueva. SpinLaunch, fundada en 2014 por Jonathan Yaney, desarrolló un sistema de lanzamiento cinético: una centrífuga que hace girar un cohete pequeño y lo arroja hacia arriba, encendiendo la propulsión a bordo solo para la inserción orbital.
Según Space.com, en enero de 2020 SpinLaunch anunció US$35 millones adicionales de inversores como Airbus Ventures, GV, KPCB, Catapult Ventures, Lauder Partners, John Doerr y Byers Family, con lo que acumulaba US$80 millones. La compañía proyectaba hasta cinco lanzamientos diarios a unos US$250.000 por despegue y construyó su instalación de pruebas en Spaceport America, Nuevo México.
La lección para quien mira desde afuera es incómoda: SpinLaunch levantó capital de primer nivel y nunca llegó a operar misiones comerciales. El riesgo de estos proyectos no está en el concepto, está en la ejecución, el capex y los permisos. Longshot parece haber leído esa historia, y por eso entra por el mercado de defensa: un cliente que paga por el camino y no solo por el destino.
¿Por qué importa tanto el precio de US$50 por kilogramo?
El costo por kilo es la variable que define qué modelos de negocio espaciales existen y cuáles no. Mientras se mantenga en cientos de dólares, hay industrias completas que simplemente no cierran: la de data centers orbitales, uno de los segmentos más promocionados del sector, necesita que el precio baje a alrededor de US$300 por kilogramo para siquiera arrancar, según el reporte de TechCrunch.
Si Longshot logra acercarse a los US$50 por kilogramo, no solo compite: reordena qué es viable en órbita. Eso sí, lanzar naves con esas dimensiones y condiciones exige rediseñar el formato de la carga útil, algo que la propia compañía reconoce.
¿Qué significa esto para tu startup?
Tres aprendizajes que aplican aunque nunca construyas un cañón.
- Vende el ingreso de hoy, no la promesa de 2035. Longshot no esperó al cañón de 10 kilómetros para facturar: convirtió su capacidad intermedia en un servicio que el ejército ya le paga. Identifica qué parte de tu tecnología, todavía incompleta, resuelve un dolor real hoy y cóbrala.
- Tu cuello de botella puede no ser técnico. El equipo admite que el límite no es la ingeniería sino conseguir un sitio donde le permitan construir. Si tu producto depende de terreno, permisos, energía o infraestructura física, resuelve ese frente antes de cerrar el diseño, no después.
- Busca primero al cliente que financia desarrollo, no al que valida tu tesis. Defensa y gobierno pagan por capacidades experimentales de forma no dilutiva. Revisa si existe un presupuesto público o corporativo disponible antes de asumir otra ronda de venture capital.
Conclusión
Longshot Space Technology no está apostando a la novedad tecnológica: está tomando diseño de cañones de los años 40 y 60, escalándolo y vendiendo pruebas hipersónicas mientras persigue su meta de US$50 por kilogramo al espacio. La historia de SpinLaunch, que levantó US$80 millones con una promesa similar y no llegó a operar, marca el estándar con el que se debe leer este anuncio.
Lo que sí es copiable desde ya es su estrategia de financiación: encontrar un cliente con presupuesto urgente (el ejército estadounidense) y usarlo para pagar el desarrollo de un producto que todavía no existe. Ese movimiento, y no el cañón, es lo que cualquier founder de deep tech puede estudiar esta semana.
Fuentes
- Forget rockets - Longshot wants to fire cargo into space from a gun (TechCrunch) (fuente original)
- Can HASTE Help Rocket Lab Tap Into the Growing Hypersonic Market? (Yahoo Finance)
- Stealth space startup SpinLaunch snares another $35 million (Space.com)
- Stealth space catapult startup SpinLaunch is raising $30M (TechCrunch)
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