SAIA, la entidad de IA argentina, pide reglas quirúrgicas

El presidente de la Sociedad Argentina de Inteligencia Artificial (SAIA), Alexander Ditzend, lo resume en una frase: «el más probable de todos los futuros posibles es el paraíso». El contrapeso llega unas líneas después, en la misma entrevista: el riesgo más cercano no es un robot fuera de control, sino una sociedad «estupidizada» que se limita a consumir contenido. La conversación con Página/12 se publica a días de la cuarta SAIAConf, prevista para el 20 de octubre en BA Ferial, en Buenos Aires.

¿La IA nos va a salvar o nos va a destruir? Para Ditzend, las dos cosas

Ditzend rechaza las visiones binarias sobre la tecnología. «Hay gente que quiere una visión futbolística de todo, quiere ponerse una camiseta. Y acá lamentablemente hay que ponerse las dos camisetas al mismo tiempo», plantea. La misma tecnología, sostiene, «puede generar muchísimo daño» y a la vez abrir avances enormes en medicina.

El daño más probable, según él, no es el escenario de ciencia ficción. Es la adicción: «El nivel de adaptación a nuestro circuito de adicción o de respuesta a la dopamina que están teniendo las nuevas aplicaciones es realmente preocupante». El desenlace posible, advierte, es «que nos vayan estupidizando hasta ser una especie de vegetal» que consume contenido fabricado justamente para capturar su atención.

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Del otro lado de la balanza, Ditzend apuesta fuerte: «El más probable de todos los futuros posibles es el paraíso». Lo describe como un escenario donde las enfermedades más complejas y más caras se vuelven baratas y llegan a todo el mundo, y donde desaparecen los trabajos que convierten a las personas en «un código de barras al que nadie toma en cuenta». Su cierre es un llamado a elegir: «No es que nos podamos quedar acá».

¿Qué diferencia a un agente de IA de un lavarropas inteligente?

Ditzend usa una comparación simple para explicar el salto tecnológico. Un lavarropas «inteligente» tiene más estados que una computadora, pero su capacidad de decisión y de generar soluciones nuevas ante entornos cambiantes «es absolutamente limitada». Si ese lavarropas fuera un agente de inteligencia artificial, dice, directamente llamaría al técnico o se repararía solo.

Esa escena todavía falta en el mundo físico, pero ya ocurre en el digital. Un sistema con acceso a la web, capaz de enviar un correo y de hacerse pasar por una persona, puede «juntar todas esas herramientas en una sola solución» y armar un plan de acción sobre la marcha, según el evento que haya que resolver. Eso nunca había pasado en la historia, subraya.

Para un founder, la implicancia es directa: los agentes ya no ejecutan un guion cerrado, improvisan pasos. Eso amplía lo que se puede automatizar —soporte, back office, prospección— y al mismo tiempo elimina la posibilidad de auditar el proceso mirando una lista fija de instrucciones. Diseñar observabilidad desde el día uno dejó de ser un lujo de equipo grande.

Regulación de IA: ¿ley marco o medidas quirúrgicas?

La posición de la SAIA es clara. «Para regular la IA, recomendamos medidas muy quirúrgicas, no una ley marco hecha a los ponchazos», dice Ditzend, y agrega que el modelo de crear una oficina por la que pasen todos los proyectos equivale a «frenar la inteligencia artificial en Argentina». Su argumento: a la velocidad de la burocracia no se le puede seguir el ritmo al mundo.

El enfoque que propone es de daño concreto: identificar quiénes son las víctimas, generar marcos para que el daño no se repita, minimizarlo cuando ya ocurrió, encontrar rápido a los perpetradores y fijar castigos ejemplificadores. Nada de copiar mal el marco europeo. «Estamos en la reina de las sábanas cortas», resume: cualquier regulación de IA mueve demasiado en cada dirección.

El contexto regional ayuda a leer la discusión. Brasil ya avanzó con contratos que garantizan capacidad de procesamiento local como condición de entrada para los grandes operadores de centros de datos, según reportó NoticiasNeo a partir del foro regional nadIA Summit. Ese mismo análisis sostiene que la negociación de infraestructura de cómputo no debería quedar librada a incentivos fiscales país por país, sino negociarse en bloque.

Centros de datos: ¿puede Argentina convertirse en un polo de cómputo?

Ditzend lo plantea como condición de existencia. «Argentina, si quiere tener algún tipo de voz en el nuevo mapa de la inteligencia artificial, tiene que tener centros de datos», afirma. La ventaja que menciona no es solo el superávit energético: también la geografía. Instalar un data center en el medio de la Patagonia, dice, deja «solo roca alrededor», sin comunidades afectadas por el consumo de agua o el ruido.

Su receta combina ese centro de datos con energías renovables —un parque eólico, uno solar— y «un par de turbinas de gas de Vaca Muerta«. Sobre el agua, sostiene que el consumo de estos centros es cada vez más chico porque son más eficientes. Y agrega el punto estratégico: usar parte de ese cómputo para que las cargas de trabajo de gobiernos, estudios de abogados, empresas con información privada y las Fuerzas Armadas queden alojadas en territorio argentino. «Eso nos da un poder, una soberanía», dice.

El debate no es exclusivamente argentino ni tiene una respuesta obvia. En Andalucía hay una veintena de proyectos de centros de datos en marcha que representan una inversión aproximada de 10.000 millones de euros, según informó Europa Press, y solo el proyecto de Saltburn Holding en Málaga TechPark prevé 1.257 millones de euros, 100 megavatios de potencia informática y 254 empleos directos. Esa cifra de empleo, en un proyecto de más de mil millones, explica por qué el consejero andaluz de IA reclama una regulación estatal que tenga en cuenta las realidades territoriales.

El profesor Enrique Dans lo planteó en una columna de El Español: un centro de datos emplea a relativamente poca gente, importa buena parte de su tecnología y concentra el valor en la compañía propietaria, mientras el territorio se queda con la demanda energética y la presión sobre las redes. Por eso, advierte, la pregunta correcta no es si conviene tener centros de datos, sino bajo qué condiciones.

En paralelo, el nadIA Summit dejó una propuesta concreta: compartir recursos del centro de cómputo de Córdoba con Paraguay, Uruguay, El Salvador y Brasil, con la lógica de distribuir costos fijos y negociar con los grandes proveedores globales desde una posición menos asimétrica, según NoticiasNeo.

¿Qué significa esto para tu startup?

Si vendes software en Argentina o desde Argentina, este debate te toca antes de lo que parece. Tres movimientos concretos:

  • Documenta la trazabilidad de tus agentes ahora. Si la regulación va por el camino «quirúrgico» que propone la SAIA, la pregunta central será quién responde cuando un agente mal instruido causa un daño. Tener logs de instrucciones, decisiones y acciones te pone en una posición mucho mejor que improvisar cuando llegue el primer reclamo.
  • Mira la residencia de datos como oportunidad de producto. Si parte del cómputo que se instale en el país se reserva para cargas sensibles —gobierno, sector legal, banca, defensa— va a existir demanda de proveedores que garanticen que los datos y el procesamiento no salen del territorio. Es un diferenciador vendible hoy, no en 2030.
  • Usa los espacios de articulación antes de que sean obligatorios. La SAIAConf del 20 de octubre en BA Ferial y el resto de TECweek 2026, que corre del 20 al 31 de octubre en cinco barrios porteños, son instancias donde industria, Estado, academia y comunidad se sientan en la misma mesa. Para una startup chica, ese contacto suele valer más que diez propuestas enviadas por formulario.

El medio Ámbito reportó que la edición anterior de SAIAConf, también en Costa Salguero, reunió a más de 3.000 asistentes y 60 oradores, y que la iniciativa nació en 2024. Es decir: el ecosistema argentino de IA ya tiene una masa crítica que hace una década no existía.

Conclusión

La entrevista deja dos ideas que conviene separar. La primera es filosófica y optimista: Ditzend cree que el escenario más probable es un salto civilizatorio, no una distopía. La segunda es práctica y urgente: la regulación se va a escribir igual, y la diferencia entre una norma que sirve y una que ahoga al sector se juega en el nivel de detalle.

Para un founder hispanohablante, el mensaje es menos grandilocuente y más útil: prepara tus sistemas para ser auditados, entiende dónde va a quedar el cómputo de la región y ocupa los espacios donde se define la política antes de que la política te defina el producto.

Fuentes

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