Ramis y el millón de árboles que pueden sustituir a una desaladora

El número que destapa el problema: 15.000 litros frente a 950

Un aguacatero adulto necesita alrededor de 15.000 litros de agua para producir frente a los aproximadamente 950 litros de un olivo, según la tabla incluida por Miquel Ramis en su libro Agricultura Regenerativa para Climas Mediterráneos. La diferencia —quince a uno— no es una curiosidad botánica: en una isla con alrededor de 449–470 mm de precipitación media anual en Palma (según datos de AEMET para los periodos 1981-2010 y 1991-2020), decidir qué plantar equivale a decidir cuánta agua queda para todo lo demás.

El razonamiento de Ramis, recogido en Xataka y en una entrevista en elDiario.es, no apunta a prohibir el aguacate. Apunta a que una isla que avanza hacia un clima más seco no puede elegir sus cultivos ignorando la factura hídrica. Si antes especies como el almendro vivían con 450-500 mm de lluvia al año, hay que sustituirlas por otras capaces de sobrevivir con 250 mm. Esa transición, sostiene, no se está haciendo.

La propuesta: un millón de árboles como infraestructura

El proyecto viene de lejos. Ya en 2020, Ramis lo planteaba a través de Balears Verd con un objetivo claro: plantar un millón de árboles integrados en bosques comestibles que combinen frutales, arbustos, hortalizas y otras especies, recuperando el policultivo mediterráneo frente a décadas de monocultivo.

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Pero el millón de árboles no es un fin en sí mismo. Es una pieza de un sistema con seis funciones simultáneas, según el propio Ramis:

  • Capturar CO₂ y fijar carbono en suelo y biomasa.
  • Generar sombra para reducir la temperatura del suelo.
  • Producir biomasa y alimentos en finca.
  • Frenar el viento y la erosión.
  • Retener la lluvia y recargar acuíferos.
  • Generar empleo rural en lugares donde la media de edad del campesino ya supera la jubilación.

El plan imagina una red descentralizada en la que administraciones, colegios, empresas, agricultores y particulares planten y mantengan sus propias superficies, convirtiendo toda la isla en un laboratorio de regeneración.

Por qué el agua se pierde antes de llegar al acuífero

El diagnóstico que precede a la plantación es tan importante como el árbol. Según la explicación de Ramis, décadas de arado, maquinaria pesada y pérdida de materia orgánica han ido compactando el suelo mallorquín. Cuando llega una tormenta, una parte del agua corre por la superficie, arrastra la capa fértil y termina lejos de donde cayó.

La técnica que propone se explica con un experimento mental: imaginar una sábana de 5x5 metros sostenida por cuatro personas y hundida en el centro por una piedra. Donde va la piedra se siembra el árbol. Si llueven 10 litros por metro cuadrado, ese árbol puede concentrar hasta 250 litros —el agua de los 25 m² circundantes— en lugar de los menos de 10 que recibiría si dependiera solo de su propia superficie.

Tres consecuencias prácticas:

  • Menos escorrentía: el agua se queda donde puede ser absorbida.
  • Menos erosión: se preserva la capa fértil que, de perderse, deja un pedregal.
  • Más recarga de acuíferos: un suelo poroso devuelve agua al subsuelo en lugar de evacuarla al mar.

El modelo apuesta por especies adaptadas y de bajo consumo, complementadas —en su propuesta— por especies foráneas resistentes de zonas semiáridas como el mezquite del desierto de Sonora, el norte de África o Rajastán, ante la evidencia de que los árboles que convivían con el clima de hace décadas ya no aguantan el actual.

Desalación frente a regeneración: el dilema del millón de euros

Ramis contrapone su propuesta a la estrategia dominante en Baleares: la desalación. Sus cifras, recogidas en la entrevista de elDiario.es:

  • Coste de construcción: entre 30 y 60 millones de euros por desaladora, con proyectos municipales que alcanzan los 135 millones.
  • Mantenimiento: la desaladora de Palma cuesta 4,8 millones de euros al año solo en operación; las membranas y bombas se llevan otros 2-3 millones cada década.
  • Impacto ambiental: la salmuera devuelta al mar se vierte sobre praderas de posidonia, extremadamente sensibles a la alteración del porcentaje de sal.
  • Dependencia tecnológica: según Ramis, es una tecnología propietaria con un solo operador capaz de adelantarla y operarla.

Frente a esa inversión recurrente, sostiene que por menos dinero podría desplegarse el millón de árboles, con una diferencia estructural: después de la inversión inicial, el territorio regenerado produce alimentos, biomasa y empleo mientras conserva el agua. Pone además como precedente los embalses de Gorg Blau y Cúber, construidos hace décadas como infraestructura pública —a su juicio replicables a escala de toda la Serra de Tramuntana— y lamenta que se devuelvan fondos europeos por falta de proyectos redactados en el lenguaje burocrático adecuado.

¿Qué significa esto para tu startup?

Aunque el protagonista es un proyecto territorial, el enfoque tiene implicaciones directas para founders que operan en sectores adyacentes:

  • Diseño de sistemas sobre la pieza suelta. El error de fondo que Ramis identifica —plantar el árbol sin reparar el suelo, construir la desaladora sin gestionar la demanda— es el mismo que muchas startups cometen al lanzar una feature sin rediseñar el proceso que la contiene. La pregunta útil no es qué construyo sino qué sistema estoy modificando.
  • Tecnología apropiada como criterio de inversión. Ramis propone fijar el límite tecnológico en lo que el herrero del pueblo pueda reparar. Para un founder, eso traduce a una heurística concreta: cada dependencia externa que tu producto asume —un proveedor crítico, una API única, un consultor insustituible— es una vulnerabilidad que se paga durante años.
  • Prueba de concepto antes que plan maestro. Pide un proof of concept —un lugar donde políticos, periodistas y ciudadanos puedan ver, tocar y oler el resultado— antes de cualquier despliegue masivo. Es exactamente la disciplina de producto que aplican las startups cuando construyen un prototipo funcional en lugar de un business plan de cien páginas.
  • Métrica de impacto, no de output. Los árboles no son “unidades plantadas” sino litros de agua infiltrados, grados de temperatura reducidos y toneladas de alimento producidas. Si tu startup mide éxito en outputs, replicará el cortoplacismo que Ramis critica en los políticos locales.

La pregunta de fondo —si se debe seguir buscando agua para mantener el paisaje actual o empezar a cambiar el paisaje para vivir con el agua que viene— no es exclusiva de Mallorca. Es la pregunta que cualquier modelo de negocio dependiente de un recurso finito tendrá que responder antes de que el recurso responda por él.

Fuentes

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