Dinamarca cierra su prueba de 38 empleados con Collabora

Un piloto de 38 personas que iba a demostrar que se podía salir de Office

38 empleados. Ese fue el tamaño real del experimento con el que el Ministerio de Digitalización de Dinamarca pensaba demostrar que una administración pública podía dejar Microsoft Office y pasarse a una suite open source. La prueba arrancó el 19 de junio de 2025 con un módulo de edición basado en Collabora integrado en el sistema de gestión de expedientes del organismo. Hoy ya no se usa y no hay planes oficiales de retomarla.

Para un founder que está evaluando cambiar su stack —o que vende software a administraciones públicas— el caso danés es un manual de lo que sale mal cuando la migración se mide en funciones y no en fricción diaria.

¿Qué pasó exactamente con el piloto danés?

La iniciativa no nació de una queja técnica contra Word o Excel, sino de una preocupación política: la dependencia de herramientas de grandes compañías estadounidenses. Caroline Stage, entonces ministra de Digitalización, defendía reducir esa dependencia y dar al sector público más margen de elección. Su intención declarada iba más allá del piloto: avanzar hacia una sustitución más amplia de Microsoft Office en el ministerio antes de terminar 2025.

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El alcance real fue mucho más modesto. Según TechSpot, lo que se lanzó el 19 de junio fue una prueba con 38 voluntarios del departamento, que cambiaron Word por Collabora dentro de F2, el sistema de gestión de expedientes de la empresa danesa cBrain que el personal ya usaba para redactar y archivar documentos.

El objetivo declarado por cBrain era concreto: comprobar si Collabora aguantaba plantillas, formato, control de cambios y conversiones de ida y vuelta con Word. No era una comparación de funcionalidades. Era una prueba de si los archivos que ya existían seguían funcionando.

¿Por qué falló? Los problemas no fueron de funciones, sino de formato

Los correos y notas internas que el medio danés Ingeniøren obtuvo por solicitud de acceso a documentos —y que recoge TechSpot— muestran que los problemas aparecieron casi de inmediato. En la primera hora, una de las participantes preguntaba cómo ocultar una pila de estilos de texto extra que sus plantillas de Word mantenían fuera de la vista.

Al tirar de ese hilo apareció algo más grande: Collabora no tenía la tipografía Georgia, de la que dependían sus plantillas. Incluso después de que cBrain la añadiera, aparecieron letras que se ponían en negrita sin motivo, saltos de línea inesperados y documentos del ministerio de Finanzas que se abrían completamente en blanco. Pulsar Ctrl+P imprimía la ventana entera en lugar del documento. Para septiembre, una de las probadoras escribía que se estaba quedando canosa de tanto tiempo dedicado a arreglar estilos.

Ninguna de esas incidencias es un fallo de producto en el sentido clásico. Son fallos de interoperabilidad de formato: el choque entre ODF (el estándar asociado al software libre) y OOXML de Microsoft, un problema que, como señala GSM Dome, también ha afectado históricamente a LibreOffice.

La lección para cualquier equipo que migre herramientas es incómoda: el costo real no está en la licencia ni en la lista de features, está en las horas de fricción que nadie factura. Quince minutos diarios reabriendo archivos y reajustando formato son unas 60 horas al año por persona, y ese número no aparece en ninguna hoja de cálculo de decisión.

La evaluación que nunca llegó a hacerse

El experimento debía dejar algo más que una decisión sobre qué programas usar: también debía producir información útil para futuras migraciones. Estaba prevista una evaluación en octubre de 2025, con un memo interno que planteaba cuatro escenarios posibles, desde apostar del todo por Collabora hasta concluir que la herramienta no estaba madura.

Esa evaluación no se realizó. Un portavoz del ministerio —hoy Ministerio de Investigación, Educación y Digitalización— confirmó a Ingeniøren que el piloto nunca se evaluó como estaba planeado. El personal siguió usando Collabora durante parte de 2026 hasta que el proyecto se interrumpió en el contexto del proceso electoral danés y los cambios administrativos posteriores.

Es el punto más incómodo del caso: no hubo un veredicto técnico. Hubo una interrupción política. Para quien defiende o critica el software libre en el sector público, el resultado es que el experimento no probó nada en ninguna de las dos direcciones.

¿Qué otras administraciones lo están intentando?

El cierre danés no detuvo la ola. Desde diciembre de 2025, la Autoridad de Seguridad Vial de Dinamarca participa en SIA Open, un proyecto distinto impulsado por Statens IT para ofrecer un entorno completo de trabajo basado en tecnologías abiertas. Según TechSpot, participaban menos de diez empleados y, cuando llegue su tercera versión en febrero de 2027, cualquiera de las 166 organizaciones que atiende la agencia podrá pedir una. La Agencia de Gobierno Digital danesa, por su parte, ha asignado 80 millones de coronas a un plan de soberanía digital entre 2026 y 2029.

En el resto de Europa el patrón se repite con distintos grados de éxito:

  • Schleswig-Holstein (Alemania) avanza con LibreOffice en la mayor parte de sus puestos de trabajo, con excepciones en áreas donde Word o Excel son técnicamente difíciles de sustituir.
  • Suiza está gastando millones para mover sus PCs federales de Microsoft 365 a openDesk, y Países Bajos va más lejos con una distribución Linux propia para máquinas de gobierno, según TechSpot.
  • La Comisión Europea preparaba un paquete de soberanía tecnológica con medidas para restringir el uso de nubes estadounidenses en datos sensibles del sector público, según CNBC.
  • El intento de la Comisión con Element Pro como respaldo de Microsoft Teams recibió críticas internas muy duras, reportadas por Politico y recogidas por Gizmodo.

Y hay un dato que ordena todo el debate: según ZDNET, Microsoft 365 y Google Workspace concentran el 96% del mercado de ofimática en línea. Cualquier alternativa compite contra un estándar de facto, no contra un producto.

¿Qué significa esto para tu startup?

1. La compatibilidad no es un feature, es el producto. Si vendes software que reemplaza una herramienta incrustada, tu primer criterio de éxito no es la lista de funciones: es si el archivo que el cliente ya tiene se abre igual. Prueba con documentos reales del cliente —plantillas, macros, control de cambios, tipografías corporativas— antes de firmar nada. El caso danés se rompió por una fuente tipográfica y un salto de línea.

2. Mide la fricción, no la adopción. El piloto danés nunca tuvo una métrica de costo oculto. Si estás migrando internamente, instrumenta el tiempo que tu equipo pierde en tareas de formato y conversión durante las primeras cuatro semanas. Ese número es tu caso de negocio real, y también tu argumento de venta si eres el proveedor.

3. Define el criterio de éxito antes de empezar. El memo danés tenía cuatro escenarios posibles y ninguno se aplicó. Sin una evaluación pactada de antemano, cualquier migración termina decidiéndose por quién ganó la última elección o quién se cansó primero.

4. Si vendes al sector público, la soberanía es tu canal. Hay presupuesto etiquetado: Dinamarca con 80 millones de coronas, la UE con una licitación de 180 millones de euros para cuatro proyectos de nube soberana, según CNBC. Pero ese dinero exige cumplir requisitos de formato y de experiencia de usuario que el software libre tradicional no siempre cubre.

Conclusión

Dinamarca no demostró que el software libre no sirve. Demostró algo más específico y más útil: que migrar la ofimática de una organización no es un proyecto de TI, es un proyecto de compatibilidad de archivos y de hábitos. La política puso el tema en la agenda; la fricción cotidiana lo sacó.

Para un founder, el mensaje es doble. Si estás del lado del comprador, presupuesta el costo de la transición y no solo la licencia. Si estás del lado del vendedor, tu ventaja competitiva no está en tener más funciones que Office, sino en que el archivo de tu cliente se vea exactamente igual cuando lo abra.

Fuentes

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